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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mauricio Kartun: "Los espectadores de teatro son sobrevivientes que se dividen en tribus".

Las tecnologías avanzan sobre los espectáculos, pero el teatro defiende la persistencia de un rito añejo y entrañable, en el que público y actores comparten códigos y tienen tiempos propios.



Tal vez el teatro ofrezca la posibilidad de depurar aquello que nos presenta la realidad, y quizás por eso un tiro de bala en una sala tenga una intensidad inalcanzable para miles de balas televisivas. Con un ánimo divergente, una obra es capaz de tensar la atención, agudizar los sentidos, afinar el discernimiento. "Uno intenta luchar contra las metáforas y la realidad no deja de producirlas", afirma uno de los personajes de Ala de criados, obra escrita y dirigida por Mauricio Kartún que se ofrece el Teatro del Pueblo. De esa manera el teatro confronta con la sensibilidad capturada por la industrialización de la cultura.


- ¿Sería válido diferenciar a los amantes del teatro de los adoradores de la televisión?

- Sí. En nuestra época se modificaron las condiciones de recepción del teatro, articuladas a lo largo de unos veinticinco siglos, porque hay espectadores que piden un tiempo diferente, el tiempo que incorporaron a partir del cine y especialmente de la televisión, que es el lugar donde se consume ficción a diario. Entonces, la vieja cocina del teatro, que es una cocina de autor, donde la comida marcha en el momento en el que la pedís, tiene unos tiempos que no se compadecen con cierta expectativa fast food que crea en el espectador el ver televisión todo el día. El espectador de teatro es un sobreviviente. Mantiene paciencia frente al hecho artístico y le aporta su propio tiempo, en función de lo que ese hecho va a devolverle. Esta actitud se va perdiendo en las nuevas generaciones, simplemente porque les faltó experimentarlo, porque disfrutan de otros tiempos de recepción, porque no pueden ver la realidad sin la velocidad de la edición.


- Eso haría difícil hablar de teatro popular.

- Resulta difícil hablar de teatro popular, más allá de que el teatro popular en general recurre a algunas formas más o menos festivas que siguen teniendo vigencia. Basta ver, por ejemplo, la experiencia notable del grupo Catalinas en La Boca, que es el teatro de la comunidad hecho por la comunidad, asumiendo los códigos del teatro popular tradicional, del sainete, el circo, los títeres. Esto es diferente al teatro de literatura dramática, que exige tiempo, paciencia, y que paga con un enorme disfrute.


- Pero todavía el teatro más exigente tiene predicamento en el país.

- He recorrido buena parte de los países en los que el teatro tiene tradición y presencia actual, y diría que no hay una ciudad que tenga la producción teatral que tiene Buenos Aires. Es muy difícil que al abrir la cartelera teatral de un diario en cualquier ciudad del mundo uno encuentre, como se puede encontrar acá un sábado, 250 espectáculos conviviendo en un espacio de cincuenta cuadras. Y es notable cómo se han generado también distintas estéticas.


- ¿Cómo se gestó esta presencia?

- Creo que hay razones históricas, sociales y económicas, como la Ley de Teatro, por ejemplo. Pero lo cierto es que la cantidad de teatro que se hace en Buenos Aires es notable y está sostenida por un público que le da sentido. El teatro argentino está creando espectadores que, curiosamente, se dividen en tribus, algunas muy cerradas. Hay gente que va a ver cierto teatro, por ejemplo, teatro joven, y que no entra jamás a un teatro oficial. Existe el bando contrario, por supuesto. Y hay espectadores del teatro comercial serio, de este teatro norteamericano-europeo que suele versionarse.


- Varios directores del circuito off pasaron a esas salas.

- Y le aportaron a ese circuito nuevas ideas y maneras de mirar.


- ¿Es artesanal el trabajo del dramaturgo?

- Yo lo reivindico como artesanal. Me encargo de manufacturar buena parte de los objetos que están en el escenario. Y lo disfruto. El hecho de que sea artesanal da poder para disponer sobre la totalidad de la estética de ese producto. También es artesanal en lo que hace al manejo de secretos que se pasan de mano en mano. Como suelen decir los carpinteros, "mi oficio no se enseña, se roba". Yo a algunos les he robado y de otros he conseguido generosas donaciones, como en el caso de Ricardo Monti, mi maestro. Pero la única manera de entender esos secretos del oficio es haciendo teatro, probando y mirando cómo lo hizo otro.


- ¿Cuál sería el principal instrumento de trabajo?

- El teatro es letra y música, y no hablo del teatro musical. Un texto es un provocador de acciones y situaciones teatrales, pero además es un fenómeno musical. Tiene una organización musical, una armonía y una belleza que lo emparenta con lo musical. El teatro clásico resolvía esto con el verso y lo musical estaba expresado en la métrica. Que nosotros no usemos el teatro en verso no significa que la musicalidad haya desaparecido. Ella está presente en las formas rítmicas, en un armado, en la belleza de la palabra elegida, en su sonoridad. Pero ese gran atributo de la literatura dramática lo hemos incorporado de una manera distorsionada, como en todo país periférico que se alimenta de la cultura de otros por boca de los traductores. Traductores que no se hacen cargo de la musicalidad sino apenas del sentido estricto de la palabra. Para nosotros, que nos hemos alimentado de Chéjov y Shakespeare, nos resulta difícil entender el fenómeno de lo musical en el teatro; no es así para los españoles. La obra de teatro tiene una estructura musical. Cuando uno elige una palabra, no elige solamente la que mejor representa la idea del personaje, sino aquella que tiene capacidad de evocación y que tiene la condición de nota en una partitura.


- ¿Cómo afinar la actuación?

- Actores, como músicos, los hay con oído y los hay obedientes de la partitura. Son casos diferentes. Yo he trabajado con actores que me modificaban la partitura de una manera maravillosa. El gran ejemplo fue Ulises Dumont, al que jamás logré someter a ninguna de las puntuaciones en las que yo creo de manera militante como organizadoras de la respiración del actor y también de su ritmo. Ulises las traicionaba a cada paso y creaba nuevas formas rítmicas a partir de mi palabra, con su propio oído. Ese tipo de actor es capaz de crear su propia melodía a partir de la partitura de otro. En otros casos, simplemente, como director he aprendido a pedir que disfruten de la puntuación como forma de organización de la idea del texto. En esa puntuación, el dramaturgo instala una hipótesis de tiempo; y cuando se entiende el código de esa puntuación se transforma la forma de entender el texto. Pero siempre se requiere que el actor entienda cómo darle verdad a la palabra.




- ¿Cómo se sostiene la repetición de la obra, diez, cien veces?

- Es un misterio que sólo los actores pueden entender en su propio cuerpo. La mayoría de ellos ni siquiera puede explicarlo. Creo que pasa por el goce del acto mimético. Yo mismo, frente a la repetición de la obra, empiezo a pensar en fórmulas para renovarla. Para renovar el entusiasmo, intercalo observaciones, recupero cosas que se hicieron en viejos ensayos. Y hay veces que siento que los actores me miran como diciendo "no hace falta avivar el fuego, el fuego está presente". Hay que ver cómo se enciende el actor minutos antes de comenzar la función. En segundos, queda atrás un día de mucho trabajo o de mucho dormir y deja entrar al personaje, se convierte, acepta el desafío de lo mimético y lo vive en un estado de gracia. Las buenas obras hechas por buenos actores generan momentos sagrados.

- Y desde la intensidad del escenario, ¿cómo se siente al público?
- El público sigue siendo para los creadores de teatro el gran misterio. Es el misterio que no nos deja atarnos a una fórmula. Más allá de que hay ciertas manifestaciones que estimulan al actor -si el público ríe, el actor estará más cómico; si tose, estará más nervioso- hay algo en la manifestación de la sala que carga al escenario de una hipótesis. Siempre la interlocución con alguien es una hipótesis. El actor acaba de conocer al público y crea una hipótesis sobre esa relación, y eso le permite darle una forma a lo que hace.

- ¿Cómo se dispone el tiempo?
- El teatro es una forma curiosa de condensación del tiempo. El teatro es tiempo condensado. Jarabe de tiempo. Las obras de teatro nunca duran lo que duraría la realidad de ese fenómeno, aun las que están escritas en tiempo real. El texto teatral se queda con lo necesario.

- ¿Cómo relata el teatro?
- El espectador, cuando se sienta, ve algo, un relato que sucede frente a sus ojos, pero además hay alusiones. De manera que se ha visto una obra pero ha imaginado al menos diez veces más que lo visto. Hay un relato encubierto, en el cual el espectador, creyendo disfrutar de lo que está frente a sus ojos, se carga de aquello que no ve. El manejo solvente de la técnica teatral es aquel que logra la mejor ecuación entre lo que se ve y lo que se alude. Cuanto mayor sea el volumen de lo aludido sin apabullar al espectador en el marco de lo que debe ver, pues mejor es la obra en términos de esa dialéctica. Hay un conocimiento condensado en el cual en dos horas, en realidad, un espectador quizá vio cincuenta. Con esta virtud, al teatro entonces no le cuesta traer una época a la vista del espectador a través de pequeños rasgos que desarrolla a partir de un enorme sistema de alusión. También crea un sistema ritual muy curioso: en el teatro conviven presente, pasado y futuro. El teatro es un presente que continuamente está aludiendo al futuro en la expectativa que crea sobre la resolución del conflicto. Es un presente que alude a un futuro que está vivo en las expectativas, mientras cuenta un pasado. Simultáneamente, el espectador hace su tarea de incorporar conocimiento de los tres planos.

La política, convertida en espectáculo
Para Kartún, "la política, al representarse en la televisión, ha ido generando una camada de políticos actores. Me consta que muchos políticos han estudiado -o estudian- teatro para incorporar las claves de la actuación. Pero en la medida en que la política se instala como una hipótesis ficcional, el espectador empieza a entenderla como tal y ya no importa tanto la verdad sino la verosimilitud, lo creíble. En esta deformación, el político promete, comenta o critica con impunidad, en tanto lo que está diciendo no tiene más que un valor ficcional. Nadie le va a reclamar nunca por sus postulados o promesas. Y esto tiene que ver con que la política se ha transformado en una especie de película frente a los ojos del espectador. Y el espectador resignadamente acepta que cuando termina la película, cuando apaga la pantalla de televisión, simplemente eso desaparece, eso deja de ser real."
"Me parece que parte de cierta zona de horror que vive la política argentina en los últimos años tiene que ver en principio con esa ficcionalización y la consiguiente farandulización que provoca, porque también el político empieza a tomar los vicios de los actores, comienza a generar espectáculo."

• Claudio Martyniuk | Clarín | 2010-05-23

martes, 27 de abril de 2010

PETER BROOK: EL TEATRO NO ES EL LUGAR IDÓNEO PARA EL DEBATE

Permite vivir las experiencias maravillosas y horribles que nunca hemos encontrado y que quizá nunca encontraremos en la vida real. Ese es el gran valor del teatro. Lo dice un maestro.

Tras casi un cuarto de hora de perorata ininterrumpida, lúcida y pausada (teatro, religión, política, filosofía, psicología...), Peter Brook frena en seco, corta su muy fascinante diarrea verbal y pide perdón "por no saber ser más conciso". Poco antes ha irrumpido entre las paredes oscuras del bar inglés de un hotel francés, junto a la Ópera de París, tocado con un gorrete de vagabundo y un gabán interminable, con bolsas de plástico colgándole de los dedos vetustos y encarnados y esa mirada pequeña entre distraída e inquisitorial, la mirada de un niño de 85 años.

En un francés perfecto en el fondo y ultrabritánico en la forma, Brook (Londres, 1925) se ha dirigido al camarero y le ha recordado que, el día antes, había reservado mesa, "mi mesa", y al inicial "no me consta" del camarero parisiense (camarero + parisiense = peligro), él le ha ofrecido una indignación callada, como de esfinge antigua a punto de un cataclismo. El lapsus ha quedado subsanado y el autor de creaciones escénicas que ya están en la historia del teatro como ElaMahabharata, Tito Andrónico o La tempestad ha tomado asiento, ha pedido un zumo de pomelo y se ha prestado a una conversación en la que seguirle el ritmo acabará siendo imposible misión. Peter Brook lleva más de 60 años de teatro dentro del zurrón. Con 22 dirigió la Royal Shakespeare Company. En 1971 fundó en París el Centro Internacional para la Investigación Teatral, y dos años después compró un viejo teatro quemado del norte de la ciudad, Les Bouffes du Nord, donde sigue preguntando al mundo y preguntándose sobre los porqués de nuestras atribuladas existencias. De allí salió Eleven and twelve, una desequilibrante reflexión acerca de la religión y sus excesos, el poder y sus excesos, la tolerancia y sus carencias. Una obra inspirada en la figura del maestro sufí Tierno Bokar, interpretada por toda una multinacional de actores africanos, asiáticos, americanos y europeos (entre ellos el español César Sarachu) y que aterrizará en las Naves del Español-Matadero de Madrid el próximo 13 de mayo con motivo del Festival de Otoño en primavera.

- ¿Dónde sitúa usted el punto exacto del poder de la religión, hoy en día, en el mundo?

- Creo que, como todas las cosas que en un momento dado acabaron convertidas en institución -el Estado, la democracia, la tiranía, el fascismo, el comunismo...-, las estructuras de la historia de la humanidad pueden crear monumentos, pero nunca se acercan a lo que de verdad afecta a la vida. Bien, pues si tomamos la palabra religión, podemos llegar a una conclusión: es la salsa que baña todo aquello que significa destrucción en el mundo.

- En efecto, esos 'ismos' más el 'ion' de 'religión' parecen haber vertebrado nuestros males pasados... y presentes. A través de la violencia, básicamente.

- Mire el comunismo: un gran ideal humanista puesto en pie por un gran pensador, Marx, pero acabó significando destrucción. Mire el fascismo: es sinónimo de destrucción pura, sin excepción. ¿Y la religión? No es una palabra más pura que 'ateísmo', y el ateísmo es también una actitud inamovible, violenta, a menudo dictatorial. Bueno, así que cada religión tiene su estructura. Pero lo importante no es nada de todo esto, lo importante es saber si la vida humana, si ese misterio que forman las células y las neuronas, si ese movimiento de energía sutil que se forma a través de las fibras eléctricas... puede resultar afectado o no por algo que sobrepase de lejos esos conceptos de el bien y el mal, los conceptos más ridículos que existen.

- Y... ¿puede?

- Veamos. Tiene usted delante un vaso de agua (lo mira, primero, y lo roza con los dedos, después). En el momento en el que lo prueba, todo en usted, en sus células, le va a decir "esta agua es más pura que el agua de alcantarilla, pero menos pura que la del manantial más puro de la montaña". O sea, que dentro de usted, de forma inconsciente, surgirá un movimiento hacia la pureza y otro de reacción contra la impureza. Todo esto, para llegar a lo que quiero decir: que el teatro, en mi opinión, nunca ha sido el lugar idóneo para el debate.

- ¿Cuál es ese lugar?

- El intercambio de ideas se produce hoy en la televisión, en la radio, en los libros... no en el teatro. La gente no va al teatro para asistir a un debate.

- ¿Y a qué cree que va la gente al teatro?

- El teatro también el cine nos permite vivir las experiencias maravillosas y horribles que nunca hemos encontrado y que muy probablemente nunca encontraremos en nuestra vida real. Por eso tienen tanto éxito las películas de terror: porque desde nuestra seguridad de la butaca no corremos ningún riesgo, pero durante un corto lapso de tiempo podemos saborear el miedo, miedo ante cosas que no nos van a pasar. ¿Y qué ocurre con el gran teatro griego? Que nos pone frente a la dificultad de vivir, como una experiencia personal, las cosas inevitables que amenazan a las personas, a las sociedades. Y cuando eso ocurre puede llegar la catarsis, que es un concepto que hemos empezado a olvidar y que es tremendamente positivo.

- Bueno, parece difícil o ingenuo pensar que todo el mundo esté igualmente dotado o predispuesto para la catarsis, ¿no cree?

- No lo sé, ¿por qué? Cuando contemplamos una obra teatral realmente importante sobre el tema del amor por ejemplo, los sonetos de Shakespeare la palabra amor ya no es algo sobre lo que se pueda discutir: se convierte en la experiencia profunda de un solo hombre, en este caso el propio Shakespeare, a través de todas las fases del amor: la paz, la alegría, los celos, la mentira, la autojustificación, la necesidad de destruir al otro... todo está ahí, concentrado, y nos permite comprender lo que es el amor desde nuestro interior. ¿Sabe por qué triunfa el teatro, por qué ha vuelto la gente al teatro? Porque el teatro no trata de nada en concreto. Trata de la vida. Es la vida.

- ¿También ha huido usted de cualquier propuesta de debate en el caso de 'Eleven and twelve', la obra que estrenará brevemente en Madrid?

- Lo que pretendemos con esa obra es muy sencillo: preguntarnos qué tipo de compromiso interior requieren cosas como la intolerancia y la violencia. Hoy entendemos la tolerancia de la siguiente forma: tolerancia igual a ONU. Nos creemos que la tolerancia es una cosa de gentlemen que discuten tranquilamente de algo, como usted y yo ahora mismo en el café de un hotel tranquilo y elegante como éste; yo te escucho, tú me escuchas y todo eso. Pero eso no es tolerancia, sino debilidad.

- Entonces, ¿dónde está la auténtica tolerancia, según Peter Brook?

- Yo no digo qué es ni dónde está, no puedo explicar eso. Pero la mostramos a través del protagonista, un hombre importante y humilde a la vez que recorre un largo camino personal hacia la integridad y la comprensión del otro... y que al final de su vida siente la necesidad de conocer a otro personaje, alguien que ha sido humillado, castigado, perseguido, no sólo por el colonizador francés, sino también por los clanes que se oponen a él. Pero no damos explicaciones. No proponemos ideas fijas ni mensajes cerrados. Sólo procuramos que el espectador sienta. Y cuando alguien siente, comprende.

- Se trata de hacer preguntas, no de dar respuestas...

- Se trata de evocar, no de convencer.

- Así que, lejos de una aproximación intelectual, su teatro quiere hablar por el corazón, por el estómago, incluso...

- Nada de intelectual. El corazón, el corazón. Y así podemos entender lo que nos quiere decir un personaje para el que la religión es la fuente más pura, una fuente que lleva al amor y a la tolerancia.

- ¿No roza la ingenuidad o la utopía pensar que la religión procure tolerancia? La puesta en escena de los dirigentes religiosos, y mucho peor, de sus extremismos, no hace pensar precisamente en tolerancia, sino más bien en todo un catálogo de intransigencias...

- Hay que tener cuidado para que no exista el más mínimo malentendido. Yo no hago teatro para predicar ni para indicar camino alguno a seguir. Y no hablaría de ingenuidad o de utopía, sino de ideales. Un ideal es como la luz de un faro vista desde lejos. Acercarse a esa luz exige esfuerzos extremos. Y se corre el riesgo, en todo momento, de encallar o de estrellarse contra las rocas. Una luz, un ideal: Gandhi, Mandela... Además, claro, de Buda, Jesucristo y los demás. Cuando Mandela llegó al poder no pensó en utopías, sino en un sistema basado en la tolerancia y la reconciliación. Aunque hoy sus sucesores se estén encargando de destruir todo lo que él hizo.

PETER BROOK (PARTE 2)

- Dice que su teatro anhela "evocar", nunca "convencer". ¿Qué opinión le merece el teatro político? ¿Brecht? ¿Demasiado pretencioso?

- Nunca he hecho, desde luego, teatro político de ese que usted dice. Pienso que hay momentos concretos, en sociedades concretas, en los que la opresión es tal, que la manera más directa de resistir es hacer un teatro sobre problemas concretos con el único fin de provocar la rebelión. Pero en el momento en que esa situación pasa, y llegamos al teatro burgués hecho para gente libre y más o menos acomodada, puede producirse algo que para mí es horrible: un grupo de actores, autores y directores escénicos con actitudes de superioridad hacia el público, que miran al patio de butacas y piensan: "Escuchadnos, porque estáis equivocados y os vamos a explicar por qué". Eso, felizmente para el teatro, acabó con la televisión, que ahora es la que dicta lo que hay que ver, lo que hay que hacer, lo que hay que pensar.

- ¿Pero no habíamos quedado en que todo en la vida, absolutamente todo, es política?

- Yo estoy con Godard cuando dice eso de "el lugar donde yo coloco la cámara es un acto político". En ese sentido, creo que todo teatro que trata de sacar a la superficie las contradicciones del ser humano, individual o colectivo, es político. Esa fue la base de mi trabajo sobre la guerra de Vietnam; todo el mundo nos preguntaba si estábamos a favor de los americanos o del Vietcong, pero yo trataba de hacer vibrar la contradicción en ambos lados.

- Habla usted de un teatro de la experiencia, de dar a cada espectador la oportunidad de experimentar: ¿cree que esa posibilidad está relacionada con el regreso del público a los teatros? ¿Hay una necesidad de autenticidad?

- Hay una necesidad de experimentar en primera persona, de compartir durante una hora y media, o media hora, o tres horas, una experiencia real con otras personas. Porque eso sí: si no es experiencia compartida, no es teatro. Y sí, creo que ese matiz de realidad, de autenticidad, puede ser un argumento de por qué la gente llena teatros hoy. Eso, y que la gente busca meterse en una sala de teatro para que le hagan pensar.

- O para pasar un buen rato, hedonismo escapista sin más, ¿no?

- Bueno, yo me acuerdo del teatro que se hacía en España en tiempos de Franco. A principios de mi carrera yo iba mucho por España, y vi que era un teatro para gente chic, rica, que no pretendía ponerse a pensar, desde luego, sino más bien quedarse medio dormida en su butaca sin que le molestaran demasiado. Además, ocurría una cosa increíble: como no se ponían de acuerdo en los horarios de las representaciones ¡había dos funciones cada noche! Una para la gente que iba a los cócteles y la otra para los que tenían una cena... ¿Todavía se hace esto en España?

- No, en general no, aunque la práctica no ha desaparecido del todo.

- Me resulta inaudito, incomprensible. Bueno, pues resulta que una vez fui a ver una obra de Shakespeare, Otelo, creo que era. Y el actor principal, cada vez que hacía un mutis y se iba en medio de grandes palabras y gestos, volvía al escenario... ¡para que le aplaudieran! Sé que las cosas en España han cambiado enormemente, claro. Y mi experiencia allí con el Mahabharata, por ejemplo, fue maravillosa.

- Por cierto, ¿cómo recuerda aquel tiempo? ¿Cómo recuerda el estreno del 'Mahabharata' en aquel festival de Aviñón de 1985? ¿De verdad nadie le llamó 'loco' por montar un espectáculo de más de 10 horas sobre un poema épico indio?

- Nada de eso. Eso sí, aunque estábamos seguros de hacia dónde queríamos ir con el Mahabharata, nunca conseguimos tener la sensación de estar preparados del todo para abordar un tema tan inmenso. Pero ya sabe lo que dijo Eisenhower antes del desembarco en Normandía: "Si esperamos a que absolutamente todos los botones estén bien cosidos en cada guerrera de cada soldado, nunca podremos lanzar el ataque". Siempre hay un momento en el que hay que lanzarse. Además, con el Mahabharata habíamos contado con 15 años de preparación...

- ¿Qué fue lo más duro de todo aquel proceso?

- Pues lo más importante para mí -y también lo más difícil- era separar aquel montaje de cualquier contexto habitual. Había que sacarlo todo fuera de la normalidad, y en Aviñón logramos que el público se quedara verdaderamente impresionado con aquella cantera que nadie había usado nunca para una cosa así (la cantera Boulbon, a unos 15 kilómetros de la ciudad). Fue todo realmente inesperado para el público: llegar a la cantera por la noche, las luces, el fuego, el agua, la prestación increíble de aquellos actores, quedarse allí hasta el amanecer... una auténtica aventura. Creo que no se movió ni una persona. Pero si lo hubiéramos hecho en un teatro convencional habríamos fracasado, claro.

PETER BROOK (PARTE 3)

- En libros como 'El espacio vacío' o 'La puerta abierta' ha escrito sobre el rol del público, de un público "no pasivo". ¿Cuál es exactamente su relación con él? ¿Piensa en él cuando está en proceso creativo?


- Para mí, lo más importante del proceso creativo es la parte delos ensayos, y dentro de eso, montar pequeñas representaciones ante públicos que no sepan muy bien de qué va la cosa, estudiantes de primaria, por ejemplo. Eso nos sirve para comprobar cómo reaccionan a nivel de sentimiento, a nivel de intuición (Peter Brook se trastoca en mimo y pone, sucesivamente, caras de alegría y de tristeza para subrayar su explicación), ante lo que hacemos. Y es muy valioso. Aparte de esto, en los preestrenos que solemos hacer antes del estreno me suelo sentar entre el público para sentir como un espectador.

- ¿Cómo se hace eso, sentir como un espectador cuando no se es un espectador?

- ¿Sabe? Cuando estás entre el público hay momentos de gracia: unos se expresan a través de la risa colectiva; otros, mediante un profundo silencio. Cuando ese silencio mágico se produce, uno lo olvida todo porque siente que algo ha llegado a la gente al mismo tiempo y en el mismo lugar. Y yo soy capaz de vivir ese proceso como un miembro del público. Y entonces puedo sentir y pensar: "¡Pero qué escena tan idiota!" o "¡esta escena es turbadora!". Y así consigo ser más crítico, más perspicaz.

- Siempre ha predicado en favor del despojamiento, de una progresiva eliminación de lo no estrictamente indispensable. Por otra parte, es una de las máximas autoridades en Shakespeare. ¿Podemos cruzar estos dos datos? ¿Cree que Shakespeare es la esencia, las antípodas de lo superfluo?

- Sí, mmm... Bueno, primero habría que establecer diferencias entre el Shakespeare de Hamlet, por ejemplo, y el de algunas de sus últimas piezas como La tempestad o Cuento de invierno, en las que da un giro radical frente a aquello que se había planteado hasta entonces.

- ¿Se puede establecer una comparación entre la fuerza épica del 'Mahabharata' y el teatro de Shakespeare?

- Digamos que no se puede comparar el Mahabharata con una obra de Shakespeare... Habría que compararlo con todo Shakespeare.

- Eso... ¿no es mucho decir?

- Es que el Mahabharata lo abarca todo, lo práctico, lo espiritual, lo metafísico... es el material más rico con el que he trabajado nunca. De todas formas, le quería avisar de que esa palabra que ha utilizado usted antes para referirse a mí, eso de "predicar"...

- Bueno, perdón si le ha parecido excesiva...

- No, no, no es eso... Sólo que es muy peligrosa. Mire, cada vez que hablo con alguien joven que se quiere dedicar a la dirección teatral, le suplico que no tome como ejemplo lo que para mí ha supuesto el resultado de 50 años de trabajo. Así que, volviendo a la cuestión de la sencillez y el despojamiento, no es bueno que alguien que empieza apueste directamente por eso. Para llegar a la sencillez, antes hay que haber pasado por las formas más barrocas y extravagantes imaginables. Yo lo hice. Hay que tener un montón de verduras encima de la mesa para saber con cuál quedarse, cuál es la mejor.

- Así que, en su idea de lo que es la creación, la sencillez y la pureza son una meta, nunca un punto de partida.

- Exacto. Nunca. Son un fin. No un principio. El camino a la sencillez está lleno de complicaciones y de esfuerzo.

- Tengo, para acabar, una pregunta personal. En el día a día de la vida real, ¿logra contemplar y escuchar a la gente de una forma no teatral? ¿Consigue escapar de la deformación profesional del dramaturgo, del hombre de escena? ¿Lo ha conseguido en esta conversación, por ejemplo?

- ¡¡Me está preguntando, en suma, si soy un ser humano!!

- Puede.

- El teatro, la dramaturgia, no son una meta, sino más bien un microscopio. Y es cierto que me lo han dado todo en la vida, y que cuando observo a la gente, a ese señor que mira su reloj, a esa camarera que sirve hielos, a esa pareja que se habla en voz baja, a esos señores serios que hablan de cosas supuestamente serias (Peter Brook va describiendo lenta, pausada pero instantáneamente la vida efímera de este bar)... no me son indiferentes, pero sólo son impresiones de vida. ¡Qué horror sería observarlas pensando en utilizarlas un día para algo! Hay una cosa que siempre me hace reír cuando la recuerdo, y es Jean-Paul Sartre dando entrevistas: llevaba siempre encima un cuadernillo y un bolígrafo y cuando contestaba algo ocurrente decía: "¡Ah, eso que he dicho ha estado bien, lo voy a anotar!". Qué horror. Espero no mirar nunca la vida así.

Piezas de fuerte y variado amor teatral
Descendiente de judíos rusos emigrados a Gran Bretaña, Peter Brook tiene 85 años recién cumplidos y es desde hace décadas maestro y referencia de la escena teatral internacional. Heredero del legado de Edward Gordon Craig, quien fuera avanzadilla de los usos teatrales modernos, a Gordon Craig, entre otros, ha vuelto en su última obra, ‘Warum, warum’ (Por qué, por qué)’, que prepara ya en su teatro parisiense Les Bouffes du Nord para estrenar en junio.

Su obra, desde su Dr. Faustus, en 1943, es inmensa, poliédrica, apasionante, planteada desde visiones múltiples e interpretada por actores multiétnicos. Acumula casi ochenta piezas de distinto formato, entre las que abundan textos de Shakespeare, pero también de Beckett, Genet, Cocteau, Shaw, Ibsen o Sartre, salpicada de autores africanos y asiáticos, producto de sus viajes por el mundo. Para Brook, el teatro no es un asunto intelectual, ni un lugar para el debate ideológico: es la experiencia de la vida misma. Cuestión de corazón.

• Borja Hermoso | El País | 2010-04-18

jueves, 4 de marzo de 2010

Acerca del teatro.

Un banquete es una reunión de gente profesional que come con nosotros y donde están, pares o nones, las gentes que nos quieren menos en la vida. 

Para los poetas y dramaturgos, en vez de homenajes, yo organizaría ataques y desafíos en los cuales se nos dijera gallardamente y con verdadera saña: "¿A que no tienes valor de hacer esto?" "¿A que no eres capaz de expresar la angustia del mar en un personaje ?" "¿A que no te atreves a contar la desesperación de los soldados enemigos de la guerra?". 

Exigencia y lucha, con un fondo de amor severo, templan el alma del artista, que se afemina y destroza con el fácil halago. Los teatros están llenos de engañosas sirenas coronadas con rosas de invernadero, y el público está satisfecho y aplaude viendo corazones de serrín y diálogos a flor de dientes; pero el poeta dramático no debe olvidar, si quiere salvarse del olvido, los campos de rosas, mojados por el amanecer, donde sufren los labradores, y ese palomo, herido por un cazador misterioso, que agoniza entre los juncos sin que nadie escuche su gemido.

Federico García Lorca

lunes, 7 de diciembre de 2009

El teatro siempre cuenta lo importante: Griselda Gambaro

Griselda Gambaro estuvo en Montevideo para asistir al estreno de La persistencia

Narradora, ensayista y dramaturga, Griselda Gambaro (Buenos Aires, 1928) es desde los politizados años 60 creadora de una prolífica obra que se estudia en paralelo con la del dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky (El Sr. Galíndez, Telarañas) por la postura de ambos autores en cuanto a la interpretación de la realidad y su cuestionamiento ético. En 1976 Gambaro debió exiliarse en España, luego de que su novela Ganarse la muerte fuera considerada “contraria a la institución familiar” por la dictadura militar argentina.

-¿En qué rol se siente más cómoda, como narradora o como dramaturga?

-Siempre he alternado la narrativa con la dramaturgia. Empecé escribiendo narrativa y después de algunos años me dediqué alternativamente también al teatro. Al principio incluso adapté, hice versiones teatrales de algunas novelas mías cortas, como Las paredes y El desatino, que inicialmente fueron novelas cortas.

-Su último estreno fue un monólogo, El misterio de dar, basado en un cuento publicado en el año 1968 en Lo mejor que se tiene. ¿El tema ahí es la pobreza?

-No es tanto la pobreza sino qué nos pasa cuando damos -no tanto por solidaridad social, sino por un impulso hacia el otro- aunque no tengamos, cuando damos lo poco que tenemos. Qué le pasa a una anciana que tiene sólo su pensión y que no da con gusto. Da pero desconfía de sus propios sentimientos, teme ser estafada por el que pide, se arrepiente porque a ella tampoco le sobra el dinero. Son sentimientos complejos los que provoca ese misterio de dar, por qué damos, pero finalmente nos enriquece.

-En Antígona furiosa y en La Sra. Macbeth hay una nueva lectura de estos personajes femeninos del teatro clásico. ¿Se trata de renovar este lugar de lo femenino?

-Supongo que en mi obra hay otra mirada sobre la situación de la mujer y sobre ciertas aspiraciones y defectos de una mujer que parte de mi género, no es una mirada neutral. Por otra parte, aunque fuera mi intención nunca podría ser una mirada neutral. Por supuesto, me preocupa en particular la situación de la mujer, pero eso está también remitido a la historia que cuento, que también incluye hombres. Lo que sí sé es que ningún autor sabe si sus obras van a perdurar o si sus obras son valiosas. Pero a partir de mi aparición en el teatro argentino hubo toda una generación de dramaturgas; dramaturgas hubo siempre en el teatro argentino, pero lo de “generación de dramaturgas”, de mujeres que escriben para el teatro y que hacen un trabajo sólido, vino después.

-¿Cómo evalúa el momento del estreno de El desatino (1965), considerada una obra clave para el teatro latinoamericano de las últimas décadas?

-Por una serie de circunstancias se produjo lo que se podría llamar un escándalo con el estreno de esa obra. En primer lugar, porque el teatro argentino en ese momento era del tipo realista-costumbrista. Había toda una generación dedicada a ese tipo de teatro (Roberto Cossa, Gorostiza, Ricardo Halac) y de pronto apareció alguien que escribía un teatro completamente distinto, no dirigido a la psicología de los personajes, a la morfología de los personajes, a las situaciones, al lenguaje. Esa obra, para colmo, se estrenó en el Instituto Di Tella, que tenía fama de esnob en una época muy politizada, así que también influyó que entre todos esos autores hombres surgiera una dramaturga mujer, con un diseño teatral completamente distinto.

-¿Y cuál fue la reacción?

-Siempre tuve una zona de la crítica y del público que me apoyó mucho, y después otra de colegas que no me apoyaron. Esta especie de enemistad duró hasta la dictadura militar de 1976 y se vio dónde estaba cada uno parado políticamente, y esto aclaró también la parte estética. Todos estábamos en el teatro argentino, al final de cuentas. En el 77 prohibieron una novela mía, Ganarse la muerte; prohibiciones de libros hubo siempre, pero en esa época significaban otra cosa. Yo tenía muchos amigos desaparecidos, por mi barrio hacían razzias constantemente y se cortaron los lazos de comunicación con mi público. Dentro de ese clima justificado de paranoia pensé, junto con mi familia, que era mejor dejar el país por un tiempo. Me fui en el 78 y volví en el 81.

-Con respecto a La persistencia, ¿cómo llevaste este acontecimiento tan fuerte al teatro?

-Nunca sé cuál es el impacto que de pronto me lleva a escribir determinada obra. Creo que simplemente fue leer la noticia en el diario, la noticia escueta, fría. Uno está anestesiado con tantas noticias de muerte, y a través de cualquier obra de arte el impacto siempre es mayor, pasa a otra categoría de hecho y además, cuando la obra es buena, sigue llamando a la conciencia.

-Los temas son oscuros: la violencia, la muerte y su persistencia.

-Yo no sé si son oscuros. Pueden ser duros, pero creo que el espectador que va a ver una obra de teatro o el lector que lee un libro siempre obtiene una reparación mediante el arte, que te marca que hay otro que tiene tus mismas preocupaciones o tus mismos dolores, ese compartir solidario que produce una sanación. Uno no recibe sólo la anécdota, recibe algo más allá de lo que se cuenta. Esa sanación es salir con toda esa emoción que uno recibe del escenario o del libro, es salir sanado de la soledad, de la soledad de la condición humana.

-Tu colega Rafael Spregelburd dijo que se sentía liberado del imperativo de los años 80 de “decir lo importante”. ¿Cuál es tu opinión?

-Disiento con la frase. No disiento con el teatro que él hace porque cada generación busca su modo de expresión, de insertarse en el corpus de la tradición teatral, y cada generación tiene su soberbia, la de matar a sus padres. Hay que ver si pueden, ¿no? Él no tiene la obligación y yo no tengo ninguna obligación de contar lo importante, tengo una responsabilidad. Si uno tiene el poder mínimo de la palabra y de la imaginación, tiene una responsabilidad: la de no escribir pavadas. No digo que sea el caso de Spregelburd. El teatro siempre ha contado lo importante. Aun Molière, haciendo reír, contaba lo importante. No hay que ser solemne ni ser siempre dramático, pero el teatro siempre ha dirigido su mirada hacia las cosas que importan. Una mirada con humor, con sagacidad. Ni Feydeau ha hablado frívolamente, no se ha dedicado a los chistes de café en teatro, es otra cosa. Perder ese carácter sagrado, colectivo, en el mejor sentido de solidario, de “agremiar” de los sentimientos. El teatro no es un onanismo. Yo no intento escribir obras éticas. Me salen. Creo que es la personalidad del autor lo que determina el carácter de la obra. Puede salir bien o mal, eso es aparte.

Gabriela Gómez. La Diaria. 12 de noviembre de 2009

miércoles, 14 de octubre de 2009

CÓMO NACE UN TEXTO

Jorge Luis Borges

Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder.
En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."
El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea, por el momento, en la realidad de la fábula.

jueves, 2 de abril de 2009

JOHN GARDNER

SOBRE LA TRAMA DE UNA NOVELA


Sólo el escritor que ha llegado a comprender lo difícil que es contar una historia de excepcional calidad -sin manipulaciones fáciles, sin romper su continuidad, sin jactancia ni cohibición- está en condiciones de apreciar en su totalidad la "generosidad" de la ficción.
En la mejor ficción narrativa, la trama no es una sucesión de sorpresas, sino una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos, o de momentos de comprensión. Uno de los errores más habituales de los escritores noveles (de los que entienden que escribir novela es contar historias) es creer que la fuerza del relato radica en la información que se retiene, es decir, en que el escritor consiga tener al lector siempre en sus manos, para descargarle el golpe definitivo cuando menos se lo espera. La ficción avara es aquélla en la que el autor se niega a tratar al lector de igual a igual
Supongamos, por ejemplo, que el escritor ha decidido contar la historia de un hombre que se traslada a vivir a una casa que está al lado de la casa de su hija, una jovencita que no sabe que su nuevo vecino es su padre. El hombre -llamémosle Frank- no le dice a la muchacha -que podría llamarse Wanda- que es hija suya. Se hacen amigos y, a pesar de la diferencia de edad, ella comienza a sentirse atraída sexualmente por él.
Lo que el escritor necio o inexperto hace con esta idea es ocultarle al lector la relación padre-hija hasta el último momento, y al llegar a este punto salta y exclama: "¡Sorpresa!" Si el escritor cuenta la historia desde el punto de vista del padre y se guarda un detalle tan importante, no respeta el tradicional pacto lector-escritor, es decir, le hace una jugarreta al primero.
Por otro lado, si la historia está contada desde el punto de vista de la hija, el recurso es legítimo porque el lector sólo puede saber lo que la chica sabe. Lo que ocurre entonces, sin embargo, es que el escritor hace mal uso de la idea. En esta historia, la hija es simplemente una víctima, puesto que no conoce los hechos que le permitían optar por alternativas, a saber: afrontar sus sentimientos y tomar una decisión, bien aceptando el papel de hija, bien escogiendo violar el tabú del incesto.
Cuando el personaje central es una víctima, no quien actúa, sino sobre quién se actúa, no puede haber auténtica intriga. Es cierto que en la gran narrativa no siempre es fácil distinguir si el personaje central es al mismo tiempo agente. La institutriz de Otra vuelta de tuerca negaría rotundamente que está actuando en complicidad con las fuerzas del mal, pero poco a poco, con gran horror por nuestra parte, nos damos cuenta de que así es.(...)
En el análisis final, la verdadera intriga viene con el dilema moral y la valentía de tomar decisiones y actuar en consecuencia. La falsa intriga proviene de la sucesión absurda y accidental de los acontecimientos. El escritor más hábil o experto proporciona al lector, a su debido tiempo, la información necesaria para comprender la historia, con lo que éste, a medida que lee, en lugar de preguntarse "¿Qué les ocurrirá ahora a los personajes?" lo que se plantea es: "¿Qué hará Frank a continuación?¿Qué diría Wanda si Frank decidiera...?" y así sucesivamente.
Al entrar en la historia de esta forma, el lector siente auténtica intriga, o lo que es lo mismo, auténtico interés por los personajes. Toma parte activa, por secundaria que sea, en el desarrollo de la historia: especula, intenta prever, y como se le ha proporcionado información importante, está en situación de advertir el error si el autor extrae conclusiones falsas o poco convincentes, si fuerza el desarrollo en una dirección que no sería natural, o si atribuye a los personajes sentimientos que nadie tendría de hallarse en lugar de éstos.
(...)La moralidad de la historia de Frank y Wanda no reside en que éstos opten por no cometer incesto o decidan que sí lo cometerán. La buena narrativa no se ocupa de los códigos de conducta -o, en todo caso, lo hace indirectamente- El joven escritor que comprende porqué es más inteligente presentar el caso de Frank y Wanda como una historia de dilema, sufrimiento y necesidad de optar por una u otra alternativa está en situación de comprender la generosidad de la buena narrativa. El escritor inteligente, para conferir fuerza a su relato, confía en los personajes y en el argumento, y no en la treta de guardarse información, ni siquiera en hacerlo al final.
Dicho de otra manera, el escritor procede abiertamente, evoluciona en la cuerda floja, sin red. Y también es generoso en el sentido de que, a pesar de su dominio de las técnicas narrativas, sólo recurre a las que convienen a la historia: es, literalmente, servidor de ésta y no un doncel que utiliza la historia como mera excusa para alardear. Aunque esto no quiere decir que el escritor no conceda importancia a la realización. Las técnicas que emplea porque la historia lo exige las emplea con brillantez. Trabaja totalmente al servicio de la historia, pero con elegancia.
(...) La buena novela, tiene hondura intelectual y emotiva, lo cual significa que una historia cuya idea central sea estúpida, por brillantemente contada que esté, lo será igualmente. Tomemos un ejemplo sencillo. Un joven periodista descubre que su padre, que es el alcalde de la ciudad y que ha sido siempre un héroe para él, en secreto posee burdeles y sex-shops y practica la usura.¿Descubrirá el pastel el hijo? Sean cuales fueren sus actividades secretas, ha sido el padre de nuestro periodista quién le ha enseñado todos los valores que defiende, entre ellos la integridad, la valentía y la conciencia social. ¿Qué hará el periodista?
¿Y a quién le importa?Como planteamiento es una imbecilidad. Su primer error es que el conflicto que presenta (¿qué es más importante, la integridad o la lealtad personal?) carece de interés. Es tan obvio que la integridad personal se puede someter a las exigencias de un tipo más elevado de integridad, que no vale la pena hablar de ello. Y en el caso de esta historia hipotética, la vileza del padre es de tal calibre que sólo a un tonto le atormentará la duda de si debe o no anteponer la lealtad personal.
El error más grave de esta idea es que no empieza por el personaje, sino por la situación. El personaje es la vida de la novela. El ambiente existe sólo para que el personaje tenga un entorno en el que moverse, algo que ayude a definirlo. El argumento existe para que el personaje pueda descubrir algo de sí mismo, y, en el proceso, revelar al lector cómo es él realmente: el argumento obliga al personaje a decidir y a actuar, lo transforma de estética construcción en ser humano vivo que toma decisiones y paga las consecuencias u obtiene recompensas.(...)
En casi toda buena novela, la forma básica -casi ineludiblemente- de la trama es: un personaje central quiere algo, lo persigue a pesar de la oposición que encuentra (en la que, quizá, se incluyan sus propias dudas) y gana, pierde o se inhibe.

MAURICIO KARTÚN

Dramaturgia y narrativa. Algunas fronteras en el cielo.

Vivo y trabajo desde hace treinta años en un territorio incierto e inefable: el del texto teatral. Un lugar cuyos límites comprimen y cuestionan desde siempre sus potencias vecinas: la narrativa y la actividad escénica. Cierta vuelta de algunas formas del teatro a la narración, a la rapsodia, han abierto algunas esperanzas de amnistía. No me hago demasiada ilusión. En su condena semántica todo confín confina. Y he quedado del lado de adentro de esta comarca mediterránea. Sin mar. La dramaturgia es la Bolivia del territorio literario. Por suerte nos queda de vez en cuando volar. O darse unas vueltitas cada tanto por el borde de esos campos de al lado a ver qué se roba. Y disfrutar –claro- como cualquier habitante de frontera de pararse en la línea del límite y soñar que no se está en ningún lado. Tal vez no haga falta ponerse en puntas de pie. En su estrafalario concepto, en su etimología paradójica, la voz Límite: en el latín “Limes” («limus», atravesado): “sendero entre dos campos” instala la existencia fantástica de un tercer espacio inter (y extra) fronteras. Un espacio público, ácrata e impropio en el sentido literal. Un callejón sin dueño entre dos propiedades. Es desde ese pasillo semiótico que buscan vagar estos comentarios. Reflexiones de un flaneur desde ese sendero apátrida que existe y que no existe. Mirando a veces para un lado, a veces para el otro o perdiendo la mirada en esa calzada metafísica. Ojo, nada trascendente. Al fin y al cabo se trata de arte. Nada demasiado serio.

La diáspora

Expulsados del territorio escénico por el poder del soporte performático, algunos autores desaparecieron en el desierto. Otros mutamos a director y en el serpenteo converso encontramos la manera de sobrevivir en él. Perseguidos desde siempre en el campo de las letras, los últimos Premios Nobel – Fo, Jelineck y Pinter- nos han extendido apenas un limitado y fugaz salvoconducto. Ha quedado lejos en el tiempo el visado shakespereano, aquel prestigio que alguna vez brilló sobre el género. Tras veintitrés siglos de monopolio en la tarea esta de contar una historia que entretanto se vea, el nacimiento del cine y luego la televisión pusieron en franca crisis su lenguaje. Creo en el fondo que nada le ha venido mejor al teatro: en su omnipotencia creativa, sentado sobre los laureles, no venía haciendo otra cosa que repetirse de manera algo idiota. Tal vez porque no tuvo más remedio o tal vez porque el diablo sabe por viejo, dividió en la quiebra el territorio con inteligencia: se quedó con el mecanismo de condensación y la voluntad poética, le cedió al cine el relato, el “cuentito”, y el plato con los restos que quedaban del viejo festín, unos pedazos fieros de costumbrismo, se los dio a comer a la tevé que se los tragó golosa. Y le presto sus artistas -sus juguetes- a los nuevos hermanos para que jugaran con ellos. Actores, directores y dramaturgos recibimos el pasaporte múltiple. Ciudadanos de la Comunidad Audiovisual. Pero nada es gratis. Por esa triple nacionalidad los escritores pagamos su precio. Condenados por el cine al anónimo estado de guionistas, degradados por la tevé a la sufrida casta de dialoguistas, el antiguo territorio del poeta dramático se ha ido cerrando más cada vez. No la pasamos mal de todos modos aquí adentro: los países diminutos se permiten leyes y licencias que no todos. Recorro encerrado pero feliz los muros del sistema. Y en el placer inefable de todo caminante aprovecho las sombras cada tanto y les meo a los vecinos la pared.

Los territorios de la palabra

La frontera más popular. Allí la narrativa y la poesía construyendo desde su herramienta más poderosa: el lenguaje literario, la retórica. Aquí la dramaturgia. Ese chatarrero que hace fortuna con el deshecho: la materia coloquial. Tal vez por eso el descrédito ¿cómo podría hacerse algo digno procesando lo indigno, lo vulgar, aquel sonido monótono que nos acompaña por la vida? El diálogo es residuo puro. Materia despreciable. En el instante mismo de ser proferido cambia su condición conducente por la de basura. Tal vez por eso, por su paso tan fugaz por lo útil, por lo profano, se vuelve en manos del poeta, en sus procedimientos, inmejorable materia sagrada.
Déjenme ponerme duchampiano: como cualquier ready made la materia coloquial exige un procedimiento de exposición que la vuelva arte. Es en el marco de la galería, las luces y el vernissagge que el orinal se vuelve creación. Donde puede ser visto tras el roto cristal de la costumbre al decir de Proust. La pieza teatral es el lugar en que los autores exponemos mingitorios. Vueltos hacia abajo, recortados, coloreados, la dramaturgia no hace en su procedimiento otra cosa que la que hace la poesía: una concentración de lenguaje. Solo que el nuestro no tiene valor hasta que la luz de la galería lo ilumina. Y agrega a esa extravagante economía de materia prima su virtud más preciosa y menos vislumbrada: la riqueza melódica, conceptual y rítmica de su estructura polifónica: la convivencia en una misma unidad textual de una variedad de voces que hacen de todo gran texto teatral además una secreta sinfonía. Aquello que el dramaturgo escucha y arma luego en su rara partitura. Eso que Schiller provocaba a los gritos: "La percepción se verifica en mí primeramente sin objeto claro y definido; este se forma más tarde. Un estado de alma musical le precede y engendra en mí la idea poética". solo se trata de disposición musical. La dramaturgia es oreja pura.



Los territorios de la cabeza
La novela cuenta acontecimientos desde una conciencia. La dramaturgia cuenta una conciencia desde los acontecimientos. Un mecanismo inverso y especular. Ciertamente vulgar si lo pensamos desde la acción cotidiana: acontecer es un acto que realizamos nos guste o no y en cambio tener conciencia es algo que practicamos más bien poco. Es raro y extranjero sin embargo si lo miramos desde el hacer de otras escrituras. Si la poesía y la narrativa son la diestra del acto literario, los dramaturgos somos los zurdos del aula. Los cerebros en espejo que al intentar hacer lo mismo hacen otra cosa con otra parte del cuerpo. Y sin metáfora alguna. Ya veremos. Nadie ha definido mejor que Nietzche esta insólita desviación : "Es poeta aquel que posee la facultad de ver sin cesar muchedumbres aéreas vivientes y agitadas a su alrededor; es dramaturgo el que siente además un impulso irresistible a metamorfosearse él mismo y a vivir y obrar por medio de esos otros cuerpos y esas almas... Verse a si mismo metamorfoseado ante si y obrar entonces como si realmente se viviese en otro cuerpo con otro carácter". Verse a sí mismo ante sí: la gran paradoja del autor teatral. Metamorfosearse y vivir por medio de otros cuerpos: su perversa pulsión travesti. El intrincado mecanismo de la creación dramatúrgica puede ser expresado en una acción de sencillez pasmosa: una improvisación imaginaria, en la que somos a la vez soñadores y soñados, percibida por todos los sentidos a través de un cuerpo ajeno y registrada en forma de palabra escrita. Así de simple y de complejo: un sistema creador en el que –parafraseando a Tristán Tzara- el pensamiento se hace en la boca.



Los estados unidos del soporte

Territorios ajenos y propios. Deslindes. Fronteras. La región misma de la actividad teatral es un rompecabezas de fragmentos encastrados. Como en cualquier geopolítica: es inútil hablar de estados si no se los identifica primero en un mapa. Aquí el atlas:
El estado de Representación. He ahí el fin último del acto teatral. Tomémoslo por cierto aunque veremos luego que siempre habrá un más allá. Representar. En su prefijo el término expresa la acción con elocuencia: re-presentar, presentar otra vez. Eso hacen los cómicos, vamos. ¿Pero presentar qué? ¿Cuál es ese presente (ese regalo encintado y con tarjeta) que se vuelve a exhibir aparatosamente cada vez? El texto teatral, claro. Sobre esa presencia trabajamos los dramaturgos. Ese es nuestro arte-facto y nuestra condena (aunque la materia prima sea otra como ya vimos) y es ese nuestro territorio más conocido. Presentar y representar. Tenemos hasta acá dos naciones y el mundo parece haberse acabado. Pero basta seguir en esta psicótica pesquisa de pre-fijos y ese área misma del pre-sentar se divide también a su vez implicando antes a ese pre, y ahora a ese sentar que aparece de esta forma entonces al fin como origen, como caos inicial, como primitiva tierra sin dueño. La tercera nación. La del Sentar: el acto virtual e imaginario -según el Diccionario de la Real Academia-, de “dar por supuesta o cierta alguna cosa” Y es eso, claro, lo que hacemos ante todo: dar algo por cierto, que por cierto no lo es. Y convencer a todo el resto de que sí. Y es en esa construcción original: la ficción, donde los territorios de la narrativa y la dramaturgia se funden, pierden límite político (al fin y al cabo un vulgar acuerdo de hombres) para instalar el territorio común, libertario, subversivo y gozoso del gran mecanismo creador: la mentira. De la farsa, la tramoya -si queremos llamarlo como lo hacemos de este lado del confín-, del cuento, la fábula, si queremos nombrarla en el lenguaje del otro. El mito. La mentira: la única forma sagrada, al fin y al cabo, que puede alcanzar la verdad. Farsantes, tramoyistas, cuenteros, noveleros, fabuladores: la mentira es el origen de sangres que junta a las dos hordas. Que las apasiona en un furor común, esta compulsión genética de embaucadores: colonizar a cualquier precio el cuarto y último territorio: el definitivo -nuestro asalto al cielo-: el soporte final: la cabeza de la víctima. Del ingenuo (espectador o lector según sea el esfínter que guste ofrecer a la violación). Ese que entrega candoroso su comarca –su cuerpo- a la horda okupa. Así es: dramaturgos, narradores: el soporte último de la manufactura, del gatuperio, es el mismo: la cabeza del otro. Su imaginario extorsionado por el poder de la emoción, confundido por lo categórico de los conceptos o mareado por la hipnosis de la identificación. Cuál es la diferencia entonces: apenas operativa: cómo entra, cuál es su caballo de Troya: si un sistema de signos cerrado y preciso (la palabra escrita) o uno abierto, incierto, encarnado y desmultiplicado en el complejo discurso del cuerpo y el espacio, el teatro. En todo caso: siempre se trata de hablar. Siempre habrá una voz. Personificada habitualmente -en los caracteres del teatro o en la primera persona o las escenas de la narrativa-, o más descarnada (si tal cosa fuera posible en el imaginario) en la tercera persona del relato o en el narrador de muchas obras teatrales. O sea: lo mismo: un sistema que para embaucar se vale del personaje (y hago aquí fanfarrón los créditos correspondientes que honran a la casa: Personaje, de Personare: la máscara con bocina con que vociferaban los caracteres de la tragedia griega). Cómo y en qué entramos a esa otra región a colonizar. He ahí la verdadera diferencia. Y cómo impone una vez adentro cada uno su discurso de poder. En un ejercicio de cinismo básico todo creador sabe que cualquier obra creada muestra sus méritos en un mecanismo doble: sus virtudes estéticas y poéticas por un lado y su capacidad comunicadora por el otro: su condición de entretener, de tener entre al receptor y sostenerlo contra la superficie comunicante en contacto franco, gozoso y extendido. Y en eso cualquier literato –narrador o poeta- nos lleva a los dramaturgos una ventaja inefable: el libro puede ser dejado y retomado y vuelto a dejar y retomar según las fuerzas de la víctima y su deseo perverso de ser engañado se lo reclamen. En el teatro el duelo es a matar o morir: no sólo es inmensamente más difícil mentir mirando a alguien a los ojos; es un esfuerzo más tremendo aun el de conseguir que el espectador esté ahí durante todo el tiempo que la mentira requiera. Dramaturgia: de drama: gente en acción. Tal vez se pueda al fin entender desde allí el porqué del mecanismo este inseparable de lo teatral, del conflicto: la única manera en realidad de inmovilizarlo durante el tiempo que el soporte necesita para desarrollar completa su mentira. Como la avispa que mantiene viva y narcotizada a la araña mientras sus huevos crecen protegidos en el interior de la cautiva, la progresión hace al espectador víctima de su propia debilidad: la expectativa. Y es allí embotado que lo inyecta de sentido con el verdadero y más oculto fluido constructor del texto teatral. La verdadera carne de su corpus. Eso de lo que Aristóteles no habló: la digresión: La jeringa que insemina a la bestia –el público- con el pasado y la extraescena que aludidos de manera velada crecen en la cabeza de ese receptor consiguiendo el milagro: que cualquier buena obra teatral asistida por un imaginario lo suficientemente desbocado se transforme en esa cabeza tomada en una novela. No es al fin y al cabo una obra teatral otra cosa: el lugar de confluencia y condensación de las imágenes de una novela a la que un recorte -su discurso- refiere siempre metonímicamente. La parte visible de un iceberg –por tomar la vieja metáfora- que mantiene presente en nuestra imaginación aunque ausente en nuestros ojos a esa otra parte sumergida que nos va creciendo adentro, alimentándose de nuestras propias imágenes y volviéndose la verdadera materia de la recepción. Texto teatral o novela. Las fronteras al fin y al cabo se borran cuando llega cada una al territorio en disputa. El cráneo de la víctima. Su mollera. El cielo de los creadores de ficción. El único lugar al fin y al cabo donde la trascendencia se materializa. Y allí arriba –como suele decirse- somos todos iguales.
La Ficción argumental: hipótesis de lo posible

La pregunta mágica que abre la posibilidad de crear ficciones es: “¿Qué pasaría si?”

Ejemplos de QPS:

· ¿Qué pasaría si una mujer hiciera llamados telefónicos a desconocidos para pasar un rato agradable?
· ¿Qué pasaría si un zapato de mujer cayera desde el balcón de un piso 10 a los pies de un hombre que espera el colectivo? ¿Qué pasaría si luego cayera el otro zapato, y luego un vestido y la ropa interior y luego más y más ropa? ¿Qué pasaría si una mujer desnuda se asoma por el balcón y lo llamara al hombre? ¿Qué pasaría si el hombre subiera a ese departamento a averiguar y encontrara la puerta entreabierta? ¿Qué pasaría si el hombre encontrara el departamento completamente vacío?
· ¿Qué pasaría si un ventrílocuo perdiera su voz verdadera pero no la voz con la que hace hablar a su muñeco? ¿Que pasaría si de ahí en más se pudiera comunicar solamente a través de la personalidad del muñeco? ¿Qué pasaría si fuera poseído por el muñeco?
· ¿Qué pasaría si un hombre coleccionara relojes y estuviera preocupado porque el reloj que heredó de su padre ha empezado a atrasar y no lo puede poner en hora porque se ha trabado el mecanismo? ¿Qué pasaría si eso lo hiciera retroceder en el tiempo hacia el pasado?
· ¿Qué pasaría si un hombre buscara a su padre para matarlo y cuando lo encuetra el hombre está moribundo y despiera una gran piedad y ese deseo de venganza se transforma en perdón?




Conceptos sobre argumentos ficcionales

Cadena de condiciones
“Las obras de teatro son producto de la imaginación del autor; una serie completa de “Si...” y de circunstancias. (C. Stanislawsky, Preparación del actor)

Hipótesis
“Quienes se niegan a ir más allá de los hechos, raramente llegan hasta los hechos mismos. Casi todo gran avance (en la historia de la ciencia) se ha logrado por la anticipación de la naturaleza, esto es, por la invención de hipótesis que, aunque verificables, a menudo tienen en un comienzo muy poco fundamento”. (T.H. Huxley)

Ficción
“La escritura de ficción se instala siempre en el futuro, trabaja con lo que todavía no es. Construye lo nuevo con los restos del presente. “La literatura es una fiesta y es un laboratorio de lo posible”, decía Ernest Bloch”. (Ricardo Piglia)

Ficción/Realidad
“La verdad es que Hemingway nunca fue un corresponsal de guerra muy bueno. Su talento de escritor de ficción lo impulsaba a inventar, organizar la realidad en estructuras estéticas, cultivar el impresionismo con que Ford Madox Ford aconsejaba a los escritores pasar de la ficción a la vida real. La verdad, según Ford, no son hechos sino visión, una opinión que justificaba la supresion y distorsión de los hechos, lo que la gente normal llama mentir” (Hemingway, A. Burguess)
¿Cómo se activa la imaginación?

"Método para fomentar la imaginación: si observas muros sucios de manchas o construidos con piedras dispares y te das a inventar escenas, allí podrás ver la imagen de distintos paisajes, hermoseados con montañas, ríos, árboles, llanuras, grandes valles y colinas de todas clases. Y aún verás batallas y figuras agitadas o rostros de extraño aspecto, vestidos, e infinitas cosas que podrás traducir a su forma entera y correcta. Ocurre lo mismo que con el sonido de las campanas, en cuyo tañido encontrarás cualquier nombre o vocablo que imagines" (Diario de Leonardo Da Vinci)

"La asociación libre (de Freud) permite asociar con los elementos oníricos y, sucesivamente, asociar con nuevas asociaciones. Pero este método, según descubrió Jung, solo conduce a la identificación de los complejos del sujeto, los que pueden o no haber sido sugeridos en las imágenes oníricas originarias. (...) En uno de sus últimos trabajos, Jung refirió los conocimientos que lo llevaron a abandonar la asociación libre como instrumento en la interpretación de sueños. "...Un amigo y colega mío, que hizo un largo viaje en tren a través de Rusia, pasó las horas tratando de descifrar la escritura cirílica de los carteles del ferrocarril colocados en su compartimiento. Cayó en una suerte de ensueño pensando en lo que podrían significar las letras y (siguiendo el principio de "asociación libre") en lo que le hacía recordar, y muy pronto se vio entregado a todo tipo de reminiscencias. Entre ellas, para su gran disgusto (descubrió), a esos viejos compañeros desagradables de las noches de insomnio: sus "complejos" (temas reprimidos y cuidadosamente evitados que el médico señalaría como la causa más probable de una neurosis o el significado más convincente de un sueño).
No se trataba de un sueño, sin embargo, sino de meras "asociaciones libres" a partir de letras incomprensibles, lo que significa que desde cualquier punto de la brújula se puede llegar directamente al centro. Mediante la asociación libre se arriba a los pensamientos secretos de índole crítica, no importa desde dónde se parta, sean síntomas, sueños, fantasías, caracteres cirílicos o ejemplos del arte moderno. De todos modos, el hecho nada prueba en relación con los sueños y su significación real: solo demuestran la existencia de material asociable, que flota alrededor". (p. 79,80, El análisis junguiano de los sueños, Paidós, 1980, Mary Ann Mattoon)

¿Qué es la imaginación?

La imaginación tiene dos funciones:
a) Imaginación reproductora: o el poder de formar imágenes, es decir, de reproducir una sensación o percepción anteriormente experimentada. (Es una parte de la memoria). Son imágenes olfativas, visuales, gustativas, cinestésicas, auditivas y tactiles.
b) Imaginación creadora: por combinación de imágenes pueden crearse nuevas representaciones. El punto de partida de toda creación es un sistema de imágenes constituido por la percepción. Para que nazca una representación nueva el espíritu tiene que aislar las que entrarán en la nueva combinación, las que existen en función de un todo que las engloba. Para usarlas de una manera nueva debe ante todo el espíritu deshacer esa síntesis.(...) Toda invención se presenta como modificación de antiguos sistemas organizados por la percepción. Lo importante para el espíritu es llegar a aislar elementos que estando disociados puedan integrarse en síntesis nuevas”.
Creatividad

"Creatividad es la capacidad del hombre de producir resultados de pensamiento de cualquier índole, que sean esencialmente nuevos y que eran previamente desconocidos para quien los produjo. Puede tratarse de imaginación o de una síntesis mental que sea más que un mero resumen. La creatividad puede implicar la generación de nuevos sistemas y combinaciónes de informaciones conocidas, como asismismo la transferencia de relaciones conocidas a nuevas situaciones y el establecimiento de nuevas correlaciones. Una actividad creativa ha de ser intencional y dirigida hacia un fin, no inútil y fantástica, aunque el producto no tiene que ser inmediatamente aplicable a la práctica ni perfecto o acabado del todo. Puede adoptar una forma artística, literaria o científica, de realización técnica o metodológica" (J. E. Drevdah)

“Hermoso como el encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser en un quirófano” (Lautreamont)

“¡Ay, del poeta que no es capaz de unir dos palabras que nadie había combinado antes!” (Ramón del Valle Inclán)

Original remite a la idea de lo novedoso, lo no visto hasta ahora y también al origen, a lo más personal e íntimo a la naturaleza primaria de cada persona.

Originalidad: o factor transformativo, que es la disposicion para ver las cosas de manera diferente y se mide por:
a) las respuestas extrañas,
b) las asociaciones remotas,
c) claverness o ingenio.
Imagen/Personaje

“Una obra de arte, concebida dinámicamente, consiste en un proceso de ordenar imágenes en los sentimientos y en la mente del espectador. Esto constituye la peculiaridad de una obra de arte verdaderamente vital, lo que la distingue de una producción sin vida, en la cual el espectador (o lector) recibe la creación ya consumada, en lugar de ser arrastrado a través del proceso, tal como éste se va desenvolviendo. No se trata de copiar resultados, sino de hacer que éstos crezcan, surjan, originen otros, vivan ante el espectador. Del mismo modo, para que un personaje (en la novela, el teatro o el cine) produzca una impresión genuina de vida, debe ser construido por el espectador en el curso de la acción y no presentado como una figura de cualidades determinadas a priori y que se mueva con precisión matemática. En el teatro es muy importante que el curso de la acción proporcione no sólo una idea del personaje, sino que construya y proporcione una “imagen”: el personaje mismo. En consecuencia, en el método actual de crear imágenes, una obra de arte debe reproducir el proceso por el cual, en la vida, aparecen imágenes nuevas en la conciencia y en los sentimientos humanos”. (El sentido del cine, S. Einsenstein)

ANA MARÍA GONZÁLEZ

¿Qué es Matrix?
Una lectura filosófica


Desde que Julio Verne se adelantara a la historia con sus novelas de ciencia ficción, el género ha gozado de buena salud e incluso de cierto prestigio, aunque nunca le hayan faltado detractores, que no consienten referirse a este tipo de literatura o de cine sin algún tono de desprecio. A veces es este tono despreciativo lo que se oculta tras la denominación de “subgénero”. Con todo, entiendo que esta denominación no tiene por qué resultar peyorativa. Que la ciencia ficción es literalmente un subgénero de la ficción es algo evidente.
Si en general lo propio de la ficción es introducirnos en mundos posibles, recreando modos de acción verosímiles y, en esa medida, activando nuestra imaginación ética, la ciencia ficción hace esto mismo tomando como punto de partida de sus mundos posibles las oportunidades de acción que, de modo verosímil, se podrían seguir del avance de la ciencia y de la técnica. Si acaso, la debilidad mayor de este género reside en que su vigencia es limitada: los argumentos que pivotan sobre las posibilidades técnicas corren el riesgo de quedarse obsoletos, tan pronto como la ficción es superada por la realidad. Si resisten el paso del tiempo es por otras razones: por las mismas razones que puede resultar verosímil una acción situada en el siglo II: porque tocan un tema humano.
De otra parte, y por razón del tema, es lógico que el género de la ciencia ficción se encuentre especialmente cómodo en el medio audiovisual, pues éste es el medio tecnológico por excelencia. Sin duda esto conlleva otro riesgo, bien conocido: cuando la eficacia del relato depende en exceso los efectos especiales, no pasa mucho tiempo antes de que éste pierda interés.
Los dos inconvenientes se evitan, en mi opinión, en la película Matrix. Por un lado se trata de una película en la que se abordan temas de fondo. Por otra, la estructura del relato reproduce el esquema clásico de las historias de héroes. Como no me dedico profesionalmente al análisis de guiones, evitaré entrar en este último aspecto. En cambio, sí quisiera poner de relieve dos de los temas de fondo que, a mi juicio, se plantean en la película, al hilo de muchos comentarios y muchos planteamientos.
Antes que nada quisiera apuntar que, en mi opinión, para detectar los temas de fondo que se plantean en esta película se requiere, al menos, de las mismas destrezas intelectuales necesarias para captar los temas de fondo de algún diálogo de Platón. Quien carezca de esas destrezas intelectuales probablemente no pasará de la historia, y, en el peor de los casos, de los efectos especiales. En este último caso, lo accidental le distraería lamentablemente de lo esencial. Que el modo en que está realizada la película facilite esa distracción o que, por el contrario, contribuya a centrar la atención en los temas de fondo, es un asunto en el que prefiero no entrar, porque no soy competente. Desde luego, si este fuera el caso, la realización se hallaría en contradicción con la insistencia de los guionistas en unas cuantas ideas, en el curso de los diálogos. En lo que sigue, de cualquier forma, me ceñiré a un par de cuestiones que me parecen centrales en la película, aun sabiendo que se quedan otras en el tintero.
1. Los dos relatos de Matrix o qué hace comprensible una historia
Dicho esto, me parece que un buen modo de entrar en materia, atento también con aquellos que no hayan visto la película es presentar brevemente la historia. Sin embargo, ya en este punto se nos plantea el primer problema: el orden con que los hechos van compareciendo ante los ojos del espectador no es el orden que hace comprensible la historia. De eso nos damos cuenta más tarde. Podríamos decir que nosotros accedemos a la “verdadera historia” cuando uno de los personajes de la película, llamado Morfeo, nos hace el relato de los acontecimientos, siguiendo un orden cronológico, pero no sólo cronológico. De esto nos volvemos a dar cuenta más tarde, cuando escuchamos un relato de los mismos hechos, también cronológico, pero de una naturaleza bien diversa: me refiero al relato del agente Smith. Comparemos los dos relatos.

a) El relato de Morfeo
A finales del siglo XX, el género humano estaba entusiasmado por haber dado lugar a la IA, la inteligencia artificial. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que las máquinas se rebelaron contra el hombre, y le plantaron batalla. La guerra fue dura, y llegó un momento en que los hombres pensaron que el único modo de acabar con las máquinas era destruir el sol, pues se creía que el sol era la principal fuente de energía de éstas. Resultó una equivocación. No sólo porque desde entonces el mundo quedó a oscuras, sino también porque las máquinas descubrieron que la mayor fuente de energía no era el sol, sino el cuerpo humano. Desde entonces existen campos inmensos en los que los seres humanos, conectados a máquinas, generan energía para ellas: los hombres reducidos a pilas. La no rebelión de los humanos está garantizada por Matrix.
¿Qué es Matrix? Según las propias palabras de Morfeo, “un sistema interativo neural”, ideado para mantener a los hombres prisioneros en aquellos campos de energía. Mientras en el mundo real, cada ser humano no es otra cosa que una pila, su cerebro es estimulado permanentemente por señales eléctricas que representan en su interior todo un mundo virtual: un mundo virtual que se alimenta de imágenes y sensaciones de lo que había sido la civilización humana a fines del siglo XX. Matrix es, precisamente, el sistema que coordina los mundos virtuales de cada prisionero, creando la ilusión de un mundo común. Pero el mundo real es muy distinto: en él, la mayoría de los hombres han quedado reducidos a pilas. Sólo unos pocos, aquellos que pudieron escapar del dominio de las máquinas, siguen naciendo libres: son los habitantes de Sión, una ciudad cerca del núcleo de la tierra que constituye el último de los bastiones rebeldes. Otros humanos, nacidos en Matrix fueron, sin embargo, liberados por un hombre que, antes de morir, profetizó su “retorno” bajo la figura del “Elegido”. Unos y otros “liberados” conforman la “resistencia”. Morfeo es el capitán de uno de estos equipos, cuya misión es introducirse en el mundo virtual de Matrix rastreando las huellas del “Elegido”.
Introducirse en Matrix es como introducirse en un programa de ordenador. Morfeo y los suyos pueden hacerlo porque, como antiguos prisioneros, conservan aún detrás de la cabeza la entrada mediante la cual se conectan a las máquinas. Ciertamente, el modo en que estos liberados se introducen en Matrix supone burlar las entradas “oficiales”. Las puertas de acceso son teléfonos, que, ubicados en distintos puntos del mundo virtual, se hacen sonar desde el mundo real. Dentro de Matrix, la identidad de Morfeo es la de un pirata informático, que sabotea el sistema desde dentro. Es así como Morfeo llega a dar con Neo, el Elegido. Neo es el “alias” informático del señor Anderson, un individuo que, en el mundo virtual de Matrix, trabaja como programador en una gran empresa de Software, pero que, a la vez, desarrolla una vida paralela, como pirata informático. Por esta circunstancia será perseguido por los agentes.
Los agentes son, según la definición de Morfeo, “programas capaces de sentir” introducidos en Matrix para evitar cualquier infiltración de los rebeldes. Poseen la capacidad de “regenerarse” en la piel de cualquier individuo -la representación de cualquier individuo- de Matrix (no hay que olvidar que Matrix no es un mundo real: nos movemos entre representaciones, por muy vivas que parezcan). Eso les hace desde cierto punto de vista invulnerables. Los agentes andan tras la pista de Morfeo. Sospechan que es él el saboteador del sistema, y, sobre todo, que posee los planos de Sión.
Morfeo y los agentes entran en contacto con Neo casi simultáneamente. Después de ciertas experiencias desagradables, marcadas por la confusión de los estados de sueño y vigilia, Neo llega a conocer a Morfeo, quien le ofrece la posibilidad de conocer lo que es Matrix. Esta posibilidad se le presenta como una alternativa, entre seguir como hasta el momento -en la ignorancia- o, por el contrario, conocer la verdad, una verdad que, evidentemente, es difícil de aceptar.
Neo elige la verdad, e inmediatamente a continuación el equipo de Morfeo procede a liberar su mente: rastrean su lugar en los campos de energía en busca de su cuerpo, para desconectarlo de las máquinas. Durante este proceso, él cree estar soñando. Finalmente duerme, y cuando despierta se descubre a sí mismo en la nave de Morfeo, quien le ilustra sobre la realidad más inmediata: no se encuentran realmente en 1999 sino en algún momento del 2199; le cuenta entonces la historia que hemos reproducido aquí: a finales del siglo XX la humanidad estaba entusiasmada con el descubrimiento de la IA... El descubrimiento de la verdad es traumático, pero Neo acepta bien la nueva situación, y comienza su instrucción: sabe por Morfeo que él es el Elegido para liberar a los humanos de su esclavitud a las máquinas, y se dispone a aprender cómo debe moverse en el mundo virtual: ante todo, alimentando la convicción de que tal mundo es virtual, no real. A lo largo de la película se advierte que el fortalecimiento de esa convicción es lo que le puede dotar de fuerza para dominar en Matrix, lo que puede incluso, hacerle victorioso en un enfrentamiento con los agentes, lo que hace del señor Anderson el Elegido.

b) El relato del agente Smith
Los agentes son todos muy parecidos, pero hay uno que es destacado entre ellos, el agente Smith. El propio nombre “Smith” da a entender que es uno entre otros. Nada le distingue especialmente de los demás. Realmente los agentes no son, como se ha dicho, más que “programas capaces de sentir”. Programas, eso sí, adiestrados para la lucha: rápidos, fulminantes, preparados para destruir. Entre ellos el agente Smith es el programado para llevar el mando. En un momento determinado hace prisionero a Morfeo, e intenta sonsacarle los planos de Sión. Entre tanto refiere su peculiar visión de los hechos: “el otro día estaba intentando clasificar su especie... y descubrí que ustedes no son mamíferos”. Según explica, lo propio de los mamíferos es habitar un espacio concreto. Sin embargo, los humanos se reproducen sin fin, y enseguida se ven en la necesidad de expandirse de unas zonas a otras del planeta... este patrón de conducta, dice el agente Smith, no es propio de los mamíferos, pero existe otra especie en el planeta que sigue un patrón semejante: los virus. Considera el agente Smith que los seres humanos son virus, y deben ser eliminados.
Pero es con otra de sus intervenciones, con la que nos da la clave de su visión de los hechos: evolución. Al igual que los dinosaurios se extinguieron en su momento por su incapacidad de adaptación a una nueva situación, y por la aparición de otras especies más poderosas, así también el género humano está llamado a extinguirse una vez que ha aparecido la IA. Según se infiere de las palabras del agente Smith, el dominio de las máquinas sobre los hombres no es otra cosa que un paso más en el proceso evolutivo. Ya ha pasado el tiempo en que los hombres han ejercido el dominio sobre el cosmos. Ahora, los hombres han dado lugar a una especie más poderosa, que ha construido una civilización diferente.
Hay, sin embargo, algo que nos deja perplejos en la intervención del agente Smith. Se desvela en el momento en que, con rostro más bien ansioso, se enfrenta a Morfeo pidiéndole que diga cuáles son los planos de Sión, porque -dice- “quiero salir de aquí”; quiere salir de Matrix. No soporta estar en Matrix, no soporta, en particular, el olor de los humanos. El agente Smith no tiene otros motivos para querer salir de Matrix. Pero, más allá de ese motivo -individualmente comprensible- hay algo que permanece oscuro en todo su relato: el verdadero motivo de la batalla: ¿por qué quieren las máquinas vencer y dominar? Es aquí donde se ponen de relieve las profundas diferencias entre el relato de Morfeo y el del Agente.

c) Comparación de los dos relatos
El relato de Morfeo está presidido por un sentido. El del agente Smith está presidido por la fuerza. El relato de Morfeo es el relato de una lucha por la liberación de los humanos; el relato del agente Smith es el relato de un proceso mecánico en el que la meta permanece oculta, porque se confunde con el resultado de aquel proceso. En el relato de Morfeo desempeñan un papel primordial la verdad y la libertad; en el mundo de Matrix, lo relevante es la apariencia y el control del destino de los hombres por parte de la técnica.
Son dos cosmovisiones las que aparecen contrapuestas en los relatos de Morfeo y el agente Smith. En último término, un modo de pensar teleológico, en el que el recurso a los fines o causas finales es inexcusable si se ha de dar cuenta de la realidad en términos comprensibles, y un modo de pensar mecanicista en el que todo procura explicarse valiéndose únicamente de causas materiales y eficientes. Esto es lo propio del relato evolucionista. No hay un para qué del dominio: sin más hay dominio, como resultado de la acción de una fuerza más poderosa.
La controversia es vieja, pero no es, ni mucho menos, una pura controversia de escuela. Afirmar que no hay finalidad, que todo lo que ocurre es resultado de la interacción de fuerzas mecánicas, más o menos casual, equivale a decir que la verdad de nuestro propio discurso tampoco debería tomarse en serio, pues tampoco ella sería, en el fondo, otra cosa que un instrumento al servicio de intereses mecánicos, en última instancia irracionales. En esas condiciones el hombre no sería realmente sino un lugar de tránsito dentro del proceso general de causas mecánicas. En absoluto algo irreductible -incomunicable, decían los medievales- como la persona. Esto queda bien reflejado en la película: los agentes se “regeneran” en los cuerpos de cualesquiera individuos (o, mejor, sus representaciones): la individualidad (su representación, en este caso), no es más que un paso más en el proceso mecánico por el cual se intentan imponer las máquinas.
Como se ve, son muchos los temas apuntados en este guión futurista. Aquí sólo quisiera dejar planteado el tema central: ¿cabe verdaderamente sustituir el relato teleológico por un relato evolucionista, mecanicista en última instancia? ¿Se puede interpretar lo humano en clave naturalista? Desde luego, lo que hace humanamente comprensible el relato, lo que, por ejemplo, nos permite comprender la película, es el modo de pensar teleológico. Así, incluso las máquinas parecen tener intenciones (aunque no sean otras que las de sus primitivos programadores, que no fueron otros que los humanos). Pero atribuir intenciones a una máquina no deja de ser un antropomorfismo: una indebida trasposición de categorías humanas a lo que no es humano. Por eso podría pensarse en ello como en una compleja estrategia evolucionista. Desde esta perspectiva, el mismo pensar teleológico sería una estrategia para salir victoriosos durante un tiempo en la batalla por la supervivencia. Sin embargo, habría llegado el momento en que esa estrategia quedaría obsoleta: precisamente cuando las máquinas han tomado el control.
La teleología, sin embargo, no es un antropomorfismo en este sentido. Lo que el pensamiento teleológico afirma, por el contrario, es que la realidad no es, en última instancia, un único proceso orientado a una meta biológica -el dominio del más fuerte-, sino una pluralidad de seres que, en el curso de su vida, manifiestan de modos muy diversos qué es lo que los hace más inteligibles. Ahora bien: lo que hace más inteligible a la realidad en general es su compatibilidad real con la aspiración humana a la verdad y a la libertad. Por eso la realidad es teleológica de un modo que resulta permeable a nuestras intenciones. Teleología no es -al menos en su sentido clásico- idéntico a determinismo. Determinista es el mundo mecánico de Matrix. Pero el mundo real no está determinado mecánicamente como las representaciones de Matrix. Lejos de esto, se encuentra abierto a las acciones libres de los hombres. Por eso Neo sale victorioso: porque es creativo y libre: desconcierta a los agentes, pues la fuerza de estos “procede únicamente de un mundo basado en reglas”.

2. Representación y trascendencia. En la película y más allá de la película.

Como ya se ha dicho, Matrix es, en las palabras de Morfeo, una “simulación interactiva neural”. Este término técnico admite una traducción epistemológica y antropológica. Matrix es un mundo de apariencias; es la reproducción perfecta del mundo sensible; es una cárcel para la mente, es el sueño del hombre entendido como “animal de realidades”, según la expresión de Zubiri. Es la caverna de Platón, llena, eso sí, de imágenes vívidas. Es una versión digital del “mundo como voluntad y representación” de Schopenhauer.
Se puede hacer de esto una lectura filosófica: suponiendo que el mundo que vemos es Matrix, y admitido que Matrix es, como se dice en la película, “el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad”, ¿es posible salir de Matrix? Esto es tanto como preguntarse: ¿es posible salir de la caverna al mundo real? o bien, ¿podemos trascender nuestras propias representaciones? Sobre esta cuestión, tan característica de la filosofía moderna, la propia película nos da una pista. Dentro de Matrix resulta difícil, pero no imposible plantearse si hay algo más allá. Dentro de Matrix este “más allá” se encuentra reflejado en el personaje del oráculo, cuya misión es orientar a los que, como Morfeo y su gente, persiguen realizar la suya. No se piense que se trata de un ser extraño: lejos de esto, el oráculo aparece bajo la forma de una señora mayor, sonriente y apacible, que conversa con Neo mientras hace unas galletas en el horno. Es en medio de esa conversación como da a Neo una serie de indicaciones puntuales acerca de su misión, que no dejan de estar envueltas en cierto misterio.
En efecto: aunque en la película el oráculo parece depositario de un conocimiento superior, las indicaciones que ofrece tienen la particularidad de que no anulan la libertad del que las recibe: no son, en modo alguno, instrucciones exhaustivas, sino tan sólo indicaciones puntuales cuyo significado preciso no termina de conocerse hasta que llega el momento de actuar. Y aún entonces sólo las reconoce el que las tiene que reconocer: no los demás. El guionista es insistente en este punto. El oráculo dice a cada cual lo que él necesita oír para andar el camino: ni más ni menos. Morfeo lleva a cabo su tarea fiado de las palabras del oráculo, “encontrarás al Elegido”, y poco importa que el señor Anderson, “el Elegido”, no se reconozca como tal. Tras escuchar al oráculo que “tendrás que elegir entre la vida de Morfeo y la tuya”, Neo reconoce “su momento” en unas circunstancias bien distintas de las que imagina el espectador que ha escuchado el oráculo “desde fuera”. Asimismo, cuando menos lo sospecha el espectador, Trinity reconoce su momento, e imprime un vuelco a la historia. En todo caso, los protagonistas reconocen “su momento” en el curso de la acción, no antes. El oráculo no ha anulado su libertad. No les ha resuelto el destino. En ello queda claro que consultar al oráculo nada tiene que ver con programar un ordenador, y seguirlo no es comparable al seguimiento de unas instrucciones.
Sólo los humanos tienen la posibilidad de consultar al oráculo y seguirlo de esa manera peculiar. Pero no todos: en la película sólo acceden al oráculo los que previamente han liberado su mente: los que ya han salido de Matrix alguna vez. Las mentes no liberadas, las mentes de aquellos que siguen “conectados a Matrix” no están capacitadas para escuchar al oráculo, pues siguen encadenadas a las representaciones del sistema: por eso pueden convertirse en instrumentos de los agentes, de las máquinas. La trascendencia de las propias representaciones -y, en consecuencia, la posibilidad de acceder al oráculo- requiere de un paso previo, en apariencia muy sencillo. Es el paso que da Neo cuando, en los primeros compases de la película, desvela ante Trinity cuál es el objeto de sus preocupaciones: “¿qué es Matrix?”.
Y es que plantear la pregunta por el ser ya es, de alguna manera, trascender las apariencias, trascender la representación. ¿Qué es lo real? A esta pregunta no se puede responder en términos cualitativos. Si hay algo que queda claro en la película es precisamente esto: lo real no se puede confundir con lo que tocamos, sentimos, vemos, olemos... Todo eso -todo lo referente a los sentidos- está garantizado en Matrix, porque todo ello puede ser suscitado mediante los convenientes estímulos neuronales: podemos tener la sensación de comer un bistec suculento y jugoso, sin estar realmente comiéndolo. Sólo la pregunta por lo real se sustrae a ese tipo de manipulación cerebral, precisamente porque es una pregunta estrechamente vinculada al sentido, a la finalidad. Y, en efecto, desde un punto de vista existencial formular la pregunta -“¿qué es Matrix?- equivale a disponerse para la búsqueda. Siempre ha sido así: la pregunta por el ser, la pregunta por la realidad, la pregunta por la verdad es el principio de una manera de existir diferente, aun en el seno mismo de Matrix. Se puede vivir en Matrix sumido en las representaciones, o se puede vivir -como Morfeo, y de otro modo como Neo antes de ser liberado-, “rastreando Matrix” en busca de la verdad. Esto es lo que hacen Morfeo o Neo.
Ciertamente, también se puede vivir en la realidad y querer volver a Matrix. Es lo que le ocurre a Cifra, un miembro de la tripulación de Morfeo, que se encuentra asqueado a causa de la dureza de la batalla, y que, en un momento determinado, entrega a Morfeo a cambio de volver a ser reinsertado en Matrix. La escena es muy clarificadora: sentado frente al agente Smith, Cifra reconoce que el jugoso filete que está comiendo no es real, pero, aun con todo prefiere el sabor del filete virtual a la comida nutritiva pero insípida que come en la nave de Morfeo. El filete virtual resulta tentador incluso para Cifra, que conoce la verdad, que sabe que, en realidad, los prisioneros de Matrix no comen jamás tal filete. La verdad es muy distinta: como sabemos a través del relato de Morfeo, el modo de mantener vivos a los humanos conectados a Matrix es inyectarles por vía intravenosa la materia orgánica resultante de licuar a los muertos.
Por eso Cifra pide ser reinsertado en Matrix con la condición de “olvidarlo todo”. “Todo” es, fundamentalmente, olvidar que una vez había sido liberado y había conocido la verdad de Matrix. El agente Smith se lo promete. No puede hacer otra cosa, pues es una máquina preparada para usar los medios que se pongan a su alcance, con tal de lograr su objetivo. Sin embargo es dudoso que el agente Smith, o cualquiera, pueda garantizar tal cosa. Cifra considera que “la ignorancia es la felicidad”, pero la suya no es una ignorancia cualquiera, sino una ignorancia forzada: es la ignorancia del que una vez salió de la caverna y tras haber visto la luz, prefiere retornar a la caverna en las mismas circunstancias del principio. Ahora bien: ¿serían verdaderamente las mismas circunstancias? Aunque, la pregunta, en este caso, requiere otra formulación: ¿pueden las máquinas hacer olvidar la antigua visión de lo real, cuando no están siquiera en condiciones de simularla?

3. La vida fuera de Matrix.
El episodio de Cifra es, de cualquier forma, ilustrativo: la vida fuera de Matrix es dura. Hay algo que no admite una comparación exacta con la alegoría de la caverna: a diferencia de lo que ocurre en la alegoría de Platón, en la película Matrix el mundo real se nos presenta oscuro, menos luminoso que el mundo ficticio o virtual. No hay que olvidar que la realidad ha quedado desierta y oscura, después de que los hombres hubieran destruido al sol. Lo real no ofrece ahora atractivo alguno para los hombres. Por otro lado, la tripulación de Morfeo se encuentra en guerra. A las duras condiciones de la realidad -que contrastan tan nítidamente con el mundo virtual y multicolor de Matrix- se añaden así otra serie de privaciones. Es cierto que entre ellos se habla de Sión, como de un último reducto humano. Sión es mencionado con esperanza, pero también como un lugar que debe ser protegido: los agentes buscan los planos de Sión para destruirlo.
Esta visión de las cosas, podría pensarse, parece pesimista. Las palabras con las que Morfeo presenta el mundo real a un asombrado Neo son esclarecedoras: “bienvenido al desierto de lo real”. Ahora bien: la realidad ha quedado desolada en parte a causa de los hombres, que en un inicio se dejaron seducir por el pensamiento de una vida sin dolor, y prefirieron vivir un mundo virtual, aun a costa de alejarse de la realidad. Eso, que en un principio era tan sólo una preferencia humana, se tornó real después del enfrentamiento con las máquinas, cuando tras la destrucción del sol, lo real quedó efectivamente reducido a un desierto tenebroso. Y en esas condiciones, ¿cómo no preferir el mundo virtual de Matrix? Éste ofrece al menos algún aliciente sensible. En cambio todo lo que Morfeo promete ofrecerle a Neo no es más que la verdad. Y esta resulta ser dura, traumática incluso, al menos en un primer momento.
La alternativa que se nos propone no deja escapatoria, porque el contraste es muy radical: lo que se le ofrece a Neo es una verdad desnuda, sin apenas aderezos sensibles: demasiado espiritualista, y acaso por ello poco hecha, al menos de entrada, a la medida del hombre. Existe una alusión a esto en la película: en una escena en la que la tripulación se encuentra reunida en el momento del almuerzo -bastante poco apetitoso- Ratón, otro miembro de la tripulación, nos ofrece una definición de lo que nos hace humanos: nuestras inclinaciones. Por el contexto, parece que se refiere principalmente a inclinaciones sensibles (el sabor del trigo rico, la belleza de la mujer de rojo). En este sentido, de su intervención se desprende que tales inclinaciones no encuentran satisfacción cumplida en el empobrecido mundo real de la nave de Morfeo. Y con todo, los miembros de su equipo lo aceptan sin especiales problemas: la perspectiva de liberar Matrix absorbe sus energías. Sólo Cifra se rebela. La conducta del equipo de Morfeo -a excepción de Cifra- sólo se explica si entendemos el que me parece ser el mensaje de la película: aunque la seducción de las apariencias es un riesgo permanente, al que muchos sucumben, en el hombre siempre anida la tendencia a la verdad. Y es precisamente el secundar esta tendencia lo que libera, y lo que “satisface” en mayor medida, incluso contra toda apariencia, contra toda otra inclinación. En este punto es Trinity la que ofrece la clave de la historia, cuando provocada por Cifra, en una situación límite, apuesta por la verdad del relato de Morfeo.
En último término, Neo recibe su fuerza de conocer dónde está lo real, de conocer que Matrix es virtual. En esto ha aprendido la lección impartida por una de las jóvenes mentes liberadas de Matrix: un niño que, en la casa del oráculo, jugaba doblando una cuchara con el pensamiento. Al ver que Neo intentaba doblarla con las manos, el niño le dice: “No intentes doblar la cuchara. Es imposible. En lugar de eso intenta comprender la verdad. -¿qué verdad?- ¡que no hay cuchara!”. Es tanto como decir: reconoce que estás en un mundo virtual: que nada de lo que ves, tocas, sientes, existe en realidad. Reconoce que todo esto es virtual, un producto de la mente; reconoce, en cambio, dónde está la realidad.
Finalmente Neo recibe su fuerza al ver confirmada su identidad real por la revelación de Trinity: “el oráculo me dijo que me enamoraría: y que el hombre al que yo amase sería el Elegido”. Antes de esta revelación, el señor Anderson sabía que era Neo, pero no tenía nada claro que fuera “el Elegido”. El mismo oráculo no le había dado muchas esperanzas, tal vez porque el reconocimiento de la propia identidad sólo puede hacerse personalmente. Pero personalmente no significa de manera solipsista. El que Neo se reconozca finalmente como el Elegido depende de la revelación de Trinity. En ello, como digo, se apunta algo de gran interés: el reconocimiento de la propia identidad no es solipsista: no se realiza a solas con la propia subjetividad. De lo contrario estaría sometido a las mismas incertidumbres de los sueños. Son los otros los que nos sacan de los sueños, porque las experiencias de ellos son irreductibles a las nuestras. La alteridad es indicio de realidad.
Que esa realidad sea, en ocasiones, dura, no quiere decir que no sea más valiosa desde el punto de vista humano. De hecho la victoria de Neo sugiere que hay más riqueza en la realidad, por pobre que ésta parezca, que en el mundo virtual, por rico que se nos presente. Bien es cierto que el nombre de Morfeo, tomado del dios de los sueños, no deja de ser inquietante. Como no deja de serlo el que todo se nos presente en una película. Finalmente, la pregunta se nos lanza a nosotros: ¿nos encontramos simplemente ante relatos diversos o no habrá, por el contrario, algo más que relatos? Pienso que en la película se nos dan las clave para responder, siempre que consideremos que preguntar “qué es Matrix” es algo diverso de preguntar por la película.
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Ana Marta González, es autora de libros como "Un estudio desde Robert Spaemann", 1996, Eunsa, Pamplona, 242 pág. "Moral, razón y naturaleza. Una investigación sobre Santo Tomás", 1998, Eunsa, 496 pág. "Expertos en sobrevivir. Ensayos ético-políticos", 1999, Eunsa, Pamplona, 155 pág., etc.